Domingo por la noche. Acabo de llegar a casa. Estoy tumbado en la cama, sólo con el pantalón del pijama. Mi cabeza se apoya sobre la almohada, siento su frialdad en la nuca. Adoro esa sensación de frescor de la almohada sobre mi piel. Colgada en el tirador de mi armario se escuentra la chaqueta de cuero negro que me compré el viernes. Estoy deseando poder estrenarla.
Me siento realmente cansado. Ayer, sábado, estuve en Zaragoza. Confirmado, la Expo es una auténtica mierda. Me gustaría usar un término menos malsonante, pero es que es éste el único que encuentro que la defina en su totalidad. Una mierda. Tan poco nos gustó que cambiamos los planes y nos fuimos a conocer la ciudad. Además, también pude conocer en persona a Manu, uno de mis lectores más fieles y de quien ya os he hablado alguna vez. Fue todo un placer poder hablar con él cara a cara. Que ya era hora…
Zaragoza me encantó. Habrá que volver. Impresionado me quedé con la cantidad de bodas que había por todos sitios.
A las 11 de la noche ya estábamos de nuevo en Atocha. Una ducha rápida y al Why Not que nos fuimos. Eso sí, yo no era persona. Entre el cansancio y los antibióticos, no podía con mi alma. De hecho, hasta me vi obligado a rechazar la petición de unos besos con un “estoy malísimo de las ánginas”. No estaba yo para muchos besos. Lo único que quería era pillar la cama y que conste que sólo y exclusivamente para dormir.
Aún así, hasta las 4 de la madrugada estuvimos dando botes. Y hoy, domingo, todo el día fuera también. Así que buenas noches. Mañana, más.
Cuando llegamos al piso, una de las primeras cosas que hizo JAR fue colocar una pizarra blanca en el frigorífico y un juego de rotuladores siempre a mano. Durante dos años, hemos escrito de todo en ella. Recados, frases, chorradas varias, reprimendas… La pizarra ha sido desde el principio parte de nuestra casa.
Por eso no ha sido hasta hoy, al llegar a la cocina y ver que la pizarra no estaba, cuando me he dado realmente cuenta de que JAR se había ido del piso. Ya estaba hablado. Lo sabía. Las circunstancias y la vida llevan a cada uno por su camino.
No ha habido despedida formal. No es necesaria. No considero que tengamos que despedirnos, ni muchísimo menos. Pero sí que noto que una etapa se ha cerrado, al menos para mí. Imagino que para él también. En menos de un mes, hará dos años que tres personas, aunque en realidad eramos cuatro, entramos por las puertas del que en poco tiempo se convirtió en nuestro hogar.
Ahora, de aquel cuarteto, sólo quedo yo entre estas paredes. Otros nuevos llegarán. De momento, durante este mes se mantiene un checo que no da un ruido y mi palabrera panameña del alma. Pero para siempre, esta será también la casa de CJ y JAR, y también la de un canario que, aunque por pocos meses, formó parte de esta familia y convivió a diario con los tres.
Que no se te olvide JAR, que formas parte de mi familia madrileña. Una parte insustituible. Se te quiere… Coño.
PD: Te devuelvo una canción que una vez me regalaste, cuando más lo necesitaba. Ni mucho menos, tu situación actual es la que yo atravesaba entonces, pero aún así, quiero que sepas que también me tendrás siempre a mí. Habría preferido otro video con la Trevi cardada, pero la calidad era peor…
Salí del médico. Anoche me volvió la fiebre y hoy el dolor de garganta era insoportable. De nuevo, tengo placas en las anginas. Eso me pasa por meterme en la boca cosas que no debo. Decidí ir a hasta casa caminando.
Antes, me paré a comprarme una revista. Pasé por una cafetería y vi a una chica sentada en un velador que lloraba amargamente, mientras hablaba por el móvil y sujetaba un bolígrafo en la otra mano. Un par de mesas más allá, un chico bailaba ligeramente al ritmo de su mp3, mientras leía el periódico y sujetaba una tostada con tomate.
Luego vi a un grupo de ancianos en una parada de autobús que detenía a un coche de policía. Más adelante, un joven que tenía un muy buen lejos y que, por la indumentaria que llevaba, acababa de salir del gimnasio compraba un ramo de rosas rojas.
No estaba el tío bueno que vende complementos en la tienda de la esquina y que fue novio de un triunfito. En cambio, me crucé con un dependiente de la tienda de Custo en Gran Vía, que juraría que salía en la tele. Lo mismo vive en mi barrio también… En el Starbucks, todo tranquilo. A ver si un día me bajo allí con mi ordenador. Siempre tuve la sensación de que es un buen sitio para conocer a alguien realmente interesante.
Llegué a mi puerta. El portero limpiaba los cristales. En el ascensor me di cuenta de que tengo que recortarme la barba. Tengo el pelo negrísimo y no me gusta tan poblada. Me hace más viejo y delgado. En mi piso no había nadie y mi cuarto sigue igual de desordenado, con la maleta sin deshacer aún. En la mesilla de noche, un preservativo sin abrir. Si la tarde de ayer la hubiese dedicado a guardar reposo, otro gallo cantaría.
Me quité la ropa de trabajo y me metí en la cama. Ahora toca pelear contra esas placas. Que se preparen, porque no saben con quien han dado. O lo mismo es que ya me conocen y por eso vuelven las muy…
Tren con destino a Madrid, vía 5. Mi madre va por delante con Skype. Yo por detrás, con mi hermana. Tenemos que ir por el paso subterráneo. Podrían poner escaleras mecánicas. Con lo que pesan las maletas…
Mi hermana me coge de la cintura. Que me cuide mucho, me dice. Supongo que haberme visto llorar con algunas canciones de Miguel Bosé la han puesto en alerta. “Cuídate mucho”, me dice. “Sí, qué remedio”, le respondo.
Ya en el andén que nos corresponde, mi madre me abraza y también me dice eso de que me cuide. Pero va más allá y le dice a Skype que, aunque no vivamos cerca, nos cuidemos mutuamente. Y la mente se me fue atrás en el tiempo.
Dos años atrás, misma estación, mismas fechas y un canario diciéndole a mi madre que estuviera tranquila, que me iba a cuidar. Así es la mente. Es lo malo de tener buena memoria, que los recuerdos van y vienen cuando ellos quieren.
Estoy seguro de que mi madre se quedó mucho más tranquila hace dos años. Entonces, había alguien que aseguraba que me cuidaría. Hoy, en cambio, voy con fiebre y dolor de estómago y con la certeza de que nadie me cuidará. Amigos tengo que me atenderán si lo necesito, por supuesto, pero no es a eso a lo que me refiero.
Hoy daría cualquier cosa por tener a un alguien que me cuidara. No pienso en nadie en concreto, la verdad, pero odio estar enfermo y tener que valérmelas por mí mismo. Esa es una de las consecuencias de la independencia. La peor para mí, sin duda. Pero es en esta situación cuando anhelo con más fuerzas que nunca que alguien me abrace en mitad de la noche y que me pregunte si estoy bien. Anhelo esa sensación de protección.
Sí, la fiebre y el final de las vacaciones me tienen más sensible de lo normal. Mañana será otro día.
Ayer me levanté malito. Fiebre y problemas gástricos. Resaca, dirán algunos. Pues no, no era resaca, que aunque bebí bastante, no fue ninguna cosa desorbitada. Me pasé el día en la cama, reservándome para poder ir al concierto de Miguel Bosé que era por la noche.
No sé si fue efecto del Gelocatil o del propio Bosé, pero cuando empezaron a sonar los acordes de “Amante Bandido” la fiebre desapareció, dando paso a dos horas cargadas de emociones.
Simplemente, fue impresionante.
Y esta noche regreso a Madrid. No me apetece nada, la verdad. Además de que toca retomar el trabajo, el irme con fiebre me pone bastante triste. Seguramente, me encontraré un piso vacío. Tocará deshacer la maleta y dormir, pendiente de nuevo de un despertador.
Septiembre va a ser un mes complicado. Un mes de tomar decisiones en varios aspectos de mi vida. Quizás tenga que cambiarme de piso y tocará decidir si me voy solo a un apartamento o busco nuevos compañeros para mi piso actual. Seguramente, un cambio de aires me vendría genial, pero no sé si estoy preparado.
También toca tomar decisiones a nivel sentimental. Creo que por este año ya ha sido suficiente. No tengo ni ganas, ni ánimo para conocer a nadie. El ambiente me da pereza, por no decir asco en determinados momentos. Pero también es verdad que me lo paso bastante bien. Así que no sé qué hacer. He pensado en darme un tiempo de relax: colocarme de nuevo mi armadura y no dejar que me lleguen dentro. La vida no está como para ir exponiendo el corazón a la primera de cambio y yo ya sumo demasiadas cicatrices sólo de este 2008. Imagino que dejaré que todo vaya fluyendo a ver que tal…
Lo que sí tengo claro es que valgo mucho. Es la lección de este verano. Y por ende, paso de ser yo quien vaya detrás, paso de ser yo quien se esfuerza y paso de ser yo quien vaya pidiendo limosna. Valgo mucho y, básicamente, quien quiera peces que se moje el culo. Y punto.
Hoy recibí una noticia. Otra ruptura. Otra más. La cuarta en mi entorno en los últimos dos meses. Otra pareja consolidada, de las que parece que funcionan, de las que parece que siempre van a estar, que se va al garete.
Tengo ganas de llorar. Lo hablé con Alexander y me cuenta vivencias similares en su entorno. Me pregunta si es que ahora somos más exigentes o si es que nuestros padres son unos imbéciles conformistas. Yo no sé qué contestarle. Imagino que no hay que pensar. Que sólo hay que vivir y que tirar hacia delante, sonriendo y con la esperanza de que lo mejor siempre, siempre, siempre está por llegar.
Pero no puedo evitar sentirme triste. Por todos mis amigos que han fracasado, aunque es muy posible que en realidad sea lo mejor. Quien sabe… Al menos yo no tengo ni idea. Me gustaría decirles muchísimas cosas. Y se las digo. Que sonrían, que sean optimistas, que nunca se sabe…
Pero no es justo del todo que yo les diga eso cuando una parte de mí está decepcionada, cuando me siento mínimamente derrotado y un pelín sin esperanza. Porque lo complicado no es encontrar. Lo realmente difícil es que se queden. Pero aún así, lo peor es darte la vuelta un día en la cama y darte cuenta de que quien duerme a tu lado ya no te mira como la noche anterior. Al final, lo que más duele son los besos que se dejan de recibir, las caricias que ya no te pertenecen y los “te quieros” que ya no se repiten. Porque lo peor es saber que todo ha cambiado y que nada puedes hacer para evitarlo.
He llorado en la ducha. Me he dado ese lujo. Lágrimas y agua, a la par por mi cara. Lo necesitaba. Aunque luchador, no soy de piedra. Después me sequé con el albornoz y, de nuevo, al albero. Ya se sabe, el show debe continuar…
Ayer fue un día de lecciones aprendidas. “Tú es que eres más bueno que el pan, porque si fuera yo…”, me dijeron por teléfono. Y me impactó. Hacía mucho que nadie utilizaba esa expresión para referirse a mí. De pequeño, mi padre me presentaba siempre de ese modo: “Este es El Castigador”. “¿Y se porta bien?” “Sí, es más bueno que el pan”. Entonces yo sonreía bien orgulloso, cogido de la mano de mi papá.
Nunca fue fácil ser más bueno que el pan. No porque me costara trabajo portarme bien, sino porque todos los palos eran para mí. Una vez, la hija de unos amigos intentó meterme un palillo de dientes por un ojo y que me tragara la chapa de una cerveza. Le cogí pánico a aquella niña. Quizás ese fue el comienzo de mi mariconismo.
Ayer, ya con 27 años, me volvieron a decir que soy más bueno que el pan. Y lo cierto es que no tengo claro que lo sea. Volví a darme cuenta de que, de nuevo, habían intentado que me tragara una chapa de cerveza. Lo diferente es que esta vez la escupí. En vez de ir a llorar con mi mamá, supe reaccionar y me mantuve firme.
Ha pasado casi un mes. O quizás más de un mes. No llevo la cuenta. Pero el tiempo y una conversación me devolvió la cordura. Finalmente, yo no estaba tan equivocado…
Ahora sí que paso página. Ahora sí que el pasado es pasado. Y se acabó.
PD: El vídeo me lo ha regalado Alexander… ¡Gracias guapo!
Tirado en el sofá. Sólo con el pantalón del pijama. Uno horrible, es posible que tenga más de doscientos años. A solas con la tele y unos treinta canales por los que ir saltando. Anoche no bebí el suficiente rebujito. Un cubo para tres no fue bastante. No recordaba el asco inicial que me provoca el rebujito. Esta noche entrará mejor. Le daré una segunda oportunidad.
Treinta canales y pasé por uno de videoclips. Y ahí estaba Luis Fonsi, con su nueva canción, que no había escuchado aún. Me gusta mucho este hombre, tanto sus canciones como él mismo.
Y el vello se me erizó el escuchar la letra. Una vez más, una canción se me cruza cuando debe. Y no, yo tampoco me doy me por vencido. No me canso, no me rindo…
Y sí, yo también soy como un niño dormido.
Escúchala y atiende a la letra. Y si se te eriza la piel como a mí, es que quizás queramos lo mismo.
Llegamos a la Estación del Norte con tiempo de sobra. Dejamos a La Rubia en su tren. Despedidas y abrazos. Y como teníamos tiempo de sobra, Alexander me propuso ir a la FNAC que pillaba a un paso. Él quería comprar un poster de Zac Efron para su hermana. Le dije que hay fuertes rumores de que el actor de extraño color de piel sea gay y no se lo termina de creer.
Yo pensaba comprarme una revista para el camino. Cinco horas de tren es lo que tiene. Pero los señores de la FNAC en Valencia han quitado la sección de revistas. Todo un insulto me parece, que un servidor come del medio. Así que opté por comprarme un libro.
Quería algo ligero, de lectura amena, que me distrajera y no me diera mayor complicación de cabeza que el saber por la página en la que me quedé el día anterior. Valoré distintas opciones. Vi el de Risto, que no terminó de convencerme. También pensé en el de Sexo en Nueva York, pero leí un poco y me dio muchísima pereza.
Así que finalmente cogí uno con una historia navideña, que estaba recomendado y que ha ganado nosequé premio literario en Estados Unidos. Además, las critícas que venían en la portada hablaban de que la novela era bastante divertida.
Nos fuimos a la caja. Se nos intentó colar una chica, pero la cajera puso orden. Se lo di para que lo pasara por el lector y entonces fui consciente del título que había elegido.
“El ángel más tonto del mundo”.
Primero sonreí levemente. Pero luego me dio por reir. Me parto de risa con la vida. Aunque en ocasiones sea tan puñetera, hay que reconocerle un jodido humor cínico que me encanta…
Por cierto, os recomiendo la novela a todos. Divertidísima.